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por Ralph Rewes
© 2003 Ralph Rewes
Para mucha gente, el enamorarse es el cúmulo del romanticismo ratonero. Es lo que da «belleza de rosa exuberante a la vida.» Es lo que hace ver al enamorado trasnochado colores donde todo es gris, lo que le hace bailar sambas en el aire, lo que le hace creerse un Napoleón conquistando rusas en las estepas, etcétera, etcétera.
En realidad, el enamorarse es la artritis del espíritu, una espantosa locura temporal que se convierte en demencia frenética cuando hay celos. Cuando nos enamoramos, una ceguera absoluta no nos permite ver la realidad, y nos convertimos en idiotas absolutos, porque la inteligencia deja instantáneamente de funcionar.
Y lo peor del caso es que nos volvemos más torpes que el bobo del pueblo cuando nos acercamos al ser querido. Cuando queremos halagarle, le decimos disparates. Le dejamos caer cosas y bebidas encima, si estamos en una fiesta y, si queremos decirle un elogio, se nos enreda la lengua y hablamos como anormales, etcétera, etcétera.
Una prueba de lo que digo es un amigo que está pasando por una sofocante crisis amorosa y está hecho un asco. De nada sirvió de que se lo advirtiera hace tres años cuando, acabado de divorciarse, conoció a otra mujer.
Según él, ella era una muchacha corriente insignificante. Tan poco amenazante para su tranquilidad era ella que pronto la dejó mudar al apartamento de él. Lo mimaba, estaba siempre atenta a todos sus movimientos. Parecía adivinarle los pensamientos. Le traía el vaso de agua, antes de que él lo pidiera. Le tenía el cafecito listo cuando él acostumbraba a tomarlo. La lista de «cariñitos» era interminable: el baño preparado, la cama acogedora, la comida que le gustaba.
«Si esa mujer te deja un día, te mueres,» le dije. Él se rio. «No seas tonto. Yo no estoy enamorado.» Esa frase me dijo que el caso era grave. Porque lo primero que hace el que comienza a enamorarse es precisamente negar que se está enamorando.
Un mal día para él, se produjo entre ellos un malentendido, de esos malentendidos idiotas ante los cuales los hombres somos tan indefensos, y ella se fue del apartamento. Mi amigo quedó convertido en un verdadero mentecato que se pasa horas hablando tonterías y tratando de explicarse qué había hecho mal, por qué no había cuidado como debía aquel cariño (que antes negaba a muerte), etcétera, etcétera. Las etcéteras describen muy bien la monotonía de las conversaciones de un enamorado adolorido.
Desde «fuera» todo lo que ahora dice él luce totalmente irracional - si el que lo escucha se ha olvidado de sus propias experiencias. Y lo es. Lo grave del caso es que cualquiera de nosotros es vulnerable a esos arranques de rabia, a esos ataques de melancolía idiota y a esas perturbaciones que nos produce esa gran enfermedad llamada «enamorarse.»
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