Radio y Televisión
en español de Miami.
El Diario de un Cubanito
VERSIÓN COMPLETA EN ESPAÑOL DE 2004
NO CONFUNDIR CON LA EDICIÓN OBSOLETA DE 1987

ISBN 1-4116-0944-1
PC 9 781411 609440
Las aventuras y tragedias biculturales de un adolescente cubano rumbo a valores y principios espirituales. Un libro satírico, irreverente, pero comiquísimo. (257 pages) © 2004 by Ralph Rewes — Language: Spanish
http://my.lulu.com/content/62588
http://www.lulu.com/ralphrewes
También en:
Amazon.com o Barnes & Nobles
EL NUEVO LIBRO «THE GOD PARADOX« (LA PARADOJA DIOS), que acaba de salir, sólo se recomienda a personas con buen conocimiento del inglés y mente entrenada en la filosofía.

El Cambio es la Única Constante

Actualizado el miércoles, 23 julio 2008


TIPOGRAFÍA

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Acentos y Símbolos

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ORELLANA, EL CONQUISTADOR DISTRAÍDO

Por Ralph Rewes

© 2003 por Ralph Rewes

Francisco Orellana, don Francisco - como le decían sus amigos, porque los enemigos le llamaban de otra forma - era un conquistador muy distraído, distraidísimo. Creía en todo lo que la gente le decía y siempre estaba listo para embarcarse en cualquier empresa que se le presentara a mano. Ni siquiera se molestaba en preguntar adónde iba. Y luego, como los caballos con visera, miraba sólo hacia adelante.


Como la mayoría de las gentes que no saben en realidad donde están parados, Orellana se hizo famoso... por accidente.


Allá por el siglo XVI, Francisco Pizarro el conquistador del oro del Perú estaba un poco harto de que su medio hermanito Gonzalo lo estuviera fastidiando, pidiéndole su parte en el asunto y decidió enviarlo a conquistar tierras por sí mismo, para que supiera lo que era eso. Creyéndose que iba a encontrarse tesoros y gente confiada, como le sucedió a Francisco, Gonzalo se lanzó lleno de entusiasmo al norte del Ecuador, un lugar selvático, lleno de volcanes, en el cual los nativos habían puesto todas sus esperanzas, y le contaban a Gonzalo historia de riquezas fabulosas que hicieron babear de codicia a este Pizarro de segunda mesa.


Parece que el medio Pizarro desconocía el carácter despreocupado y un poco ido de Orellana, porque lo hizo su ayudante en la exploración. Se aprovisionó de algunas latas de sardinas y varios jamones gallegos. Montó a suS hombres a caballo, y dejó que lo siguieran varios perros y unos mil indios, ambos a pie.


En un estado de total confusión, llegaron a una tierra donde los árboles olían a canela. Allí se oyó a Gonzalo maldecir a la andaluza, cuando descubrió que a Orellana se le había olvidado traer las llaves para abrir las latas de sardinas.


Los españoles dirigidos por el distraído de Gonzalo y el despistado de Orellana, naturalmente, terminaron perdiéndose. Los indios, cuando vieron, reflejado en los ojos de los españoles, un deseo carnal que no tenia nada que ver con el sexo, sino con un apetito muy estomacal, también se «perdieron» de los alrededores.


Pasaron los días. Se acabaron los jamones. Y las latas de sardinas fueron abiertas con las espadas que quedaron sin filo. Los cachetes rosados de los españoles se tornaron cenizos. Los perros - y las perras - que tuvieron la imprudencia de quedarse, fueron pasados por las armas y asados al aire libre y sus masas devoradas con fruición por los oficiales de rango (los rabos y otras partes semejantes fueron repartidos entre la soldadesca).


Como si no hubiera tenido suficientes ideas brillantes todavía, a Gonzalo se le ocurrió la genial encomienda de enviar a Francisco Orellana a buscar provisiones. Orellana se fue en un bergantín todo destartalado acompañado de un fraile de apellido Carvajal, notorio por tener una mente febril y que contaba cosas que sólo él veía.


Después de una larguísima espera por Orellana, parece ser que a Gonzalo, a última hora se le iluminó el cerebro y decidió no esperar más y se regreso a Quito, a pie, sin caballos, sin perros (se los comieron todos) y sin indios (la mayoría de los cuales quedaron estupefactos ante la capacidad increíble que tenían los conquistadores para sobrevivir ¡no sabían de la practica que habían tenido con los moros y en la cruzadas!


La expedición de Orellana fue a parar al Amazonas y, quizás entusiasmado por lo que Carvajal veía y que él no lograba ver, ciudades enormes doradas, y amazonas en donde sólo había árboles e indios desnudos... a lo mejor el fraile había pasado mucho tiempo en castidad y ya no sabia distinguir el sexo, continuó explorando el río.

Se olvidó de Gonzalo y sus hambrientos acompañantes, y fue a parar al Océano Atlántico, como un mono más en una de las islas flotantes que tanto abundan en la corriente del río Amazonas. De ahí siguió a Trinidad y finalmente partió rumbo a España a hacer los cuentos. De vez en cuando tenía que controlar a Carvajal diciéndole: «Afloja un poco, hermano.»

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